CRASH [1]
EL CUERPO COLONIZADO
Walter D. Ferrarotti
En el prólogo de Crash, J. G. Ballard entabla una cruzada en dos direcciones. La primera confrontando con la novela moderna, heredera de la novela del siglo XIX, y en la segunda direcciona sus críticas hacia el interior de la ciencia ficción. Esta doble cruzada adquiere estatus de manifiesto político, en dónde J. G. Ballard sienta las bases de la posición que debe adoptar el escritor frente a los desafíos que el siglo XX le plantea al manifestar una realidad que es superada día a día por los avances científicos-tecnológicos.
1. CIENCIA FICCIÓN VS. NOVELA MODERNA
“… es en América donde fluye el río de la novela de hoy. Los primos yanquis de Galahad van a buscar el Graal a las estrellas. La verdadera literatura norteamericana no es Faulkner, Hemingway y sus semejantes, descendientes anémicos de Zola, rama extenuada de la literatura europea del s. XIX: es Bradbury, Simak, Van Vogt, Asimov, Miller, Knight, Blish y mil otros…” [1] Rene Barjavel. “Entonces pensaba, y lo sigo pensando, que en muchos aspectos la ciencia ficción era la auténtica literatura del siglo xx…” [2] J. G. Ballard.En su ajuste de cuentas con la novela moderna, J. G. Ballard le reprocha la imposibilidad de desmarcarse de los paradigmas psicológicos y sociales decimonónicos, y de trasladarlos sin solución de continuidad al siglo XX, sin tener en cuenta la considerable distancia material y espiritual que separa a ambas centurias. “La característica dominante de la novela moderna es su preocupación por el aislamiento del individuo, la atmósfera de introspección y alienación, un estado mental que se presenta siempre como si fuera la marca distintiva de la conciencia del siglo XX. … a mi juicio esta psicología procede totalmente del siglo pasado, e ilustra la reacción contra las presiones de la sociedad burguesa, el carácter monolítico de la era victoriana y la figura tiránica del pater familias parapetado en su autoridad sexual y económica. … si algo distingue al siglo XX es por cierto el optimismo, la iconografía del producto de masas, la ingenuidad, el gozo libre de culpa de todas las posibilidades de la mente”[3]. Según J. G. Ballard, este lastre que la novela contemporánea carga consigo la inhibe de poder dar una respuesta efectiva a los cuestionamientos que el siglo XX le presenta al hombre. El avance acelerado de la ciencia y la tecnología, la explosiva dinámica de la sociedades industriales, el consumo de masas, la publicidad, la política anexada al marketing, la construcción de nuevas mitologías generadas en la usinas de los nacientes medios de comunicación, la liberación del hombre de los preceptos morales y religiosos, y fundamentalmente, el surgimiento de lo que J. G. Ballard llama el hecho capital del siglo XX “… la aparición del concepto de posibilidad ilimitada”[4]. La ciencia y la tecnología transforman día a día la vida cotidiana y en esa operación el hombre recibe un mensaje que se inscribe a fuego en su psiquis: “Todo es posible”[5]. “No parece haber género mejor equipado que la ciencia ficción para explorar este inmenso continente de lo posible. Ninguna otra forma narrativa dispone de un repertorio de imágenes e ideas adecuadas para tratar el presente, y mucho menos el porvenir”[6].
2. CIENCIA FICCIÓN VS. CIENCIA FICCIÓN
“A mediados de los cincuenta, había unas veinte revistas de ciencia ficción comerciales que se vendían mensualmente en EEUU y Canadá. Algunas (…), estaban dedicadas profusamente a los viajes espaciales y a los relatos sobre un despiadado futuro tecnológico. Aquellas historias sobre planetas, no tardaron en aburrirme. Como precursoras de Star Trek, describían un universo colonizado por el imperio de EEUU y convertido en un infierno de alegría y optimismo, un barrio residencial estadounidense de los 50 lleno de buenas intenciones y habitado por vendedoras de Avon con trajes espaciales”.[7] J. G. Ballard.
J. G. Ballard, como un hereje que cuestiona su propia tradición, confronta hacia el interior de la ciencia ficción reprochándole sus temáticas pueriles y escapistas, el desembozado optimismo en la tecnología, el abuso de los viajes al espacio exterior y, fundamentalmente, el haber perdido la capacidad prospectiva que debía caracterizarla. “El porvenir entrevisto por los autores de la década del 40 y el 50 es ya nuestro pasado”[8]. Toda la imaginería cientificista del espacio exterior[9] edificada por la ciencia ficción clásica fue reducida a escombros cuando los ingenieros de la NASA pusieron en órbita el primer satélite artificial. J. G. Ballard, influenciado por el surrealismo y el psicoanálisis[10], pugnaba por el sondeo del “espacio interior” en contraposición a la exploración del “espacio exterior” promovido por la “vieja” ciencia ficción. “Pienso que todos los fundamentos de la ficción y la realidad en el mundo parecen haberse invertido. Quizás hace cien años, la gente tenía en sus mentes una clara distinción entre realidad exterior (…) y el mundo de los sueños diurnos, que llamaremos el mundo de la mente. Pienso que esa relación se ha invertido del todo, de modo que los mayores productores de ficción en la actualidad están en la realidad exterior; son los materiales de la vida diaria… Pienso que está por aparecer una ficción especulativa tal vez mucho más privada e ‘introvertida’ para describir algo, que según pienso, son los paisajes del alma”[11]. J. G. Ballard se propone hacer el recuento de los daños producidos por la colisión entre la psiquis humana y la tecnología, convirtiéndose en “el cronista de la experiencia humana contemporánea afectada por la usinas de objetos de consumo doméstico, por el aparataje industrial pseudofuturista devenido en acontecimiento psíquico y por la mutua pertenencia entre cultura de ocio y los impulsos criminales del ciudadano modelo. Tal es nuestro auténtico paisaje lunar”[12]. El hombre de la sociedad moderna es bombardeado por un flujo incesante de información que trastoca la percepción de lo que es real e irreal, creando un mundo de simulacros, y haciéndosele imposible discernir cabalmente entre la realidad y la ficción. J. G. Ballard afirma que el único refugio de realidad que aún queda se encuentra en nuestras cabezas. El escritor ya no puede imaginar el futuro, ni inventar ficciones. “Vivimos dentro de una gran novela. Cada vez es menos necesario que el escritor invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad”[13]. La función del escritor sufrió un cambio radical, ahora debe operar como el científico frente a un acontecimiento desconocido, sin preconceptos y sin prejuicios, “… el escritor ya no sabe nada. No hay en él una actitud moral (…) Todo lo que puede hacer es esbozar varias hipótesis y confrontarlas con los hechos”[14]. En Crash, J. G. Ballard despliega su teoría del “espacio interior” y utiliza la pluma como si fuera un bisturí con el cual disecciona la mente de sus personajes exponiendo crudamente la invasión tecnológica sobre la psiquis del hombre.
3. “CRASH”. EL ARGUMENTO
(ADVERTENCIA: Dado que el autor y el personaje principal de la novela comparten el mismo nombre, llamaremos J. G. Ballard al autor y Ballard, a secas, al narrador-protagonista)
Ballard, director de cine publicitario, sufre un accidente automovilístico con la Dra. Helen Remington y su esposo, quien muere instantáneamente. En su estadía en el hospital se ve abrumado por infinidad de fantasías sexuales que lo acechan placenteramente. ”Esta obsesión con las posibilidades sexuales de todo lo que me rodea se me había desencadenado luego del choque”[15], afirma Ballard percibiendo la apertura de una nueva sexualidad surgida de la “colisión” entre lo humano y la máquina-automóvil. Luego descubre que un hombre lo sigue con una cámara fotográfica, es el Dr. Robert Vaughan a quien había visto en el hospital con la Dra. Helen Remington. “… el Dr. Robert Vaughan (…) uno de los primeros científicos de nuevo estilo de la televisión…”[16], recuerda Ballard. Vaughan tiene una fijación enfermiza con los accidentes automovilísticos. Éste “… asocia el placer sexual con la velocidad, los cromados y tapizados, las mutilaciones y las heridas; se ha pasado años estudiando fotos y películas de accidentes y sueña con un choque atroz, una cópula de sangre donde perezca Elizabeth Taylor. Poco a poco, arrastra a “Ballard” en su locura”.[17] Ballard, su mujer Catherine, y Helen van a entablar una inquietante relación con Vaughan quien los guiará hacia el perverso fetichismo de los accidentes de autos. Montando un viejo Lincoln, Ballard y Vaughan se lanzan al vértigo de las autopistas convirtiéndose en voyeurs de accidentes automovilísticos y en compañeros de violentas experiencias sexuales. Ballard se siente cada vez más atraído por Vaughan: “En mis fantasías (…) me veía sodomizando a Vaughan, como si solo este acto pudiera descifrar los códigos de una tecnología desviada”[18]. Bajo los efectos del LSD, Ballard cumple su fantasía y sodomiza a Vaughan, quien intenta culminar su orgasmo aplastándolo con su auto. Unos días después Vaughan muere “… en un último choque”[19] y Ballard se dispone a preparar su “… propia muerte automovilística”[20].
4. LAS NUPCIAS ENTRE EL SEXO Y LA TECNOLOGÍA
a) Un mundo distópico
La narración de Crash se desarrolla en primera persona del singular. J. G. Ballard le cede su nombre al protagonista-narrador, confluyendo de esta manera, en el nivel de la enunciación, las funciones de enunciador y narrador en un mismo nombre propio. El relato comienza en tiempo presente con un obituario: “Vaughan murió ayer en un último choque”[21]. Luego, Ballard realiza un racconto y traslada el relato hacia el pasado para retornar al presente al final de novela. El narrador inaugura la narración y clausura la historia con esa primera línea que abre el relato. Ballard desnuda un mundo distópico[22] en dónde los protagonistas, obsesionados con los accidentes de autos y el sexo, están atrapados en un círculo infernal de violencia sexual, mutilaciones y velocidad, revelándose a un mismo tiempo como oficiantes y víctimas propiciatorias del siniestro ritual que consuma las bodas entre el sexo y la tecnología. Crash, sin perder actualidad con el paso del tiempo, nos alerta sobre el presente, mostrándonos un mundo distópico, una anti-utopía superada sobradamente por la realidad.
b) Utopía y Apocalipsis
Un escenario tecnológico construido de cemento y acero, las autopistas, el aeropuerto, el estadio de futbol de Northolt con su exhibición de accidentes automovilísticos, la exposición de automóviles en Earls Ourt, los amplios estacionamientos, las estaciones de servicio, los cementerios de automóviles y los depósitos de chatarras[23], son los paisajes por los cuales nos conduce Ballard a lo largo de Crash. Detrás de estos escenarios subyace un universo industrial tecnológico edificado alrededor de la “máquina-automóvil” como fetiche de prosperidad, revelándonos el corazón de un mundo híper-capitalista. Los personajes, que se desplazan en este teatro tecnológico, son todos profesionales (Ballard es director de cine publicitario, Helen es médica, Vaughan científico y Catherine es empleada de Pan Am y tiene una pequeña empresa de vuelos chárter) que pertenecen a la burguesía y no padecen ninguna necesidad material. En el universo de Crash el capitalismo alcanzó su utopía material, un mundo dónde “… la tecnología vuelta mercancía traería a las sociedades industriales un nivel de confort y placer que haría que el sufrimiento humano desapareciera de una buena vez”[24]. En el imaginario del paradigma capitalista estos personajes tendrían todo para ser felices, pero esto no sucede. No sólo no desapareció el sufrimiento de la humanidad sino que además murió el afecto[25]; ahora hechos como la muerte o el sexo son experimentados como “… actos conceptualizados y despojados de todo sentimiento, cargados de cualquier idea o emoción que nosotros quisiéramos ponerles”[26]. Los personajes de Crash son víctimas de una sociedad autómata y mecanizada, sus sentimientos fueron mutilados y, así, son condenados a sus “… placeres más tiernos y reales”[27], y a sus obsesiones más lúgubres. Obscuros, vacuos e insatisfechos están obsesionados con los accidentes de autos, las mutilaciones y el sexo, habitando un mundo estéril y postrero, un mundo dónde el apocalipsis ya sucedió pero ninguno de los personajes fue advertido de ello. En el capitalismo “… la utopía se confunde con el apocalipsis porque no hay distancia que los separe, el fracaso de la utopía es su propia naturaleza. … el apocalipsis es la continuación natural para una sociedad dedicada a un consumo y una producción ilimitada de mercancías siempre nuevas. La propia vida de la sociedad de consumo, dedicada a la destrucción de la propia producción y de los recursos naturales, es la utopía y el apocalipsis”[28]. Utopía y apocalipsis se confunden como las dos caras de una misma moneda en un mundo tecnológico librado a su suerte, “… una tecnología abandonada a sí misma” [29], nos dice Ballard.
c) La velocidad de las máquinas
Ya nadie sabe cómo detener este dispositivo anómalo que produce y destruye a un ritmo incesante, y a una velocidad siempre creciente. El mundo industrial tecnológico no puede detenerse y debe generarse y regenerarse constantemente para mantener el dispositivo siempre en funcionamiento y siempre renovado[30]. La velocidad asociada a la eficiencia, es el corazón de este universo, y es también un germen que este dispositivo tecnológico inocula en los protagonistas, quienes colonizados por la lógica de la máquina[31] están obsesionados por la velocidad. Luego de tomar LSD en compañía de Vaughan, Ballard tiene una visión, comparable, salvando las distancias, con una visión beatífica: “A medida que la velocidad de estos vehículos parecía aumentar, me sentí elevado hacia el carril rápido, y los autos avanzaron en línea recta hacia nosotros como enormes carruseles de luz acelerada”[32].
d) El presente eterno
En esa carrera a toda velocidad hacia la nada, el tiempo se dilata y el espacio se contrae. Por eso en la novela el relato se ralentiza en la reiteración de situaciones, gestos, poses y palabras. Las morosas descripciones de los accidentes y de las colisiones sexuales parecieran ser expuestas en cámara lenta paralizando de una forma exasperada la temporalidad de la acción. El tiempo se estira hasta el hartazgo en un presente perpetuo que aprisiona y oprime a los personajes de la novela, extirpándoles el porvenir. Este presente eterno es el presente de los tiempos tecnológicos devorador del futuro y del espacio[33], es el mismo presente que postulara J. G. Ballard en el prólogo de Crash: “… el futuro está dejando de existir, devorado por un presente insaciable”[34]. El dispositivo científico-tecnológico, con su velocidad de producción y reproducción, se anticipa a la capacidad del hombre de asimilar los avances técnicos, y así la imagen secuencial pasado-presente-futuro estalla en mil pedazos, trastocando de esta manera la perspectiva humana del tiempo, del espacio y de las relaciones interpersonales. J. G. Ballard nos alecciona: “Nuestros conceptos del pasado, presente y futuro necesitan ser revisados”[35].
e) El sexo de los mutantes
La lógica de la tecnología colonizó la psique y los cuerpos[36] de la personas, consagrando la unión entre la máquina y lo humano, e inaugurando una nueva “arcadia”[37], un mundo post-humano poblado por seres híbridos. Y en este nuevo orden tecnológico se configuran nuevas formas de subjetividad y también una “nueva carne”. Los cuerpos son despojados de sus antiguas funciones y adquieren otras nuevas para poder internalizar el nuevo mundo tecnológico. “El cuerpo ha dejado de ser algo natural. Proliferan los implantes y los injertos en una rediseño paroxista del cuerpo humano, sometido ya no sólo a la auscultación, sino a su hibridación, fragmentación e incluso a su vaciamiento. El cuerpo ha dejado de ser natural, ingiere alimentos elaborados agro-tecnológicamente; se somete a trasplantes, recibe prótesis diseñadas para servirle de extensión”[38]. De la colisión entre la tecnología (el automóvil en el caso de Crash) y el ser humano, emergen seres mutantes con nuevos órganos, que traen consigo una nueva erotización del cuerpo. Ballard nos relata sus fantasías mientras abraza a Gabrielle luego de un encuentro sexual en el interior de un auto: “Imaginé a Catherine víctima de un impacto brutal, la boca y la cara destrozadas, un orificio nuevo e incesante que la astillada columna de dirección le había abierto en el perineo, un orificio que no era vagina ni recto y que podíamos animar con nuestros afectos más profundos. Imaginé las heridas de actrices de cine y personajes de televisión, en cuyos cuerpos florecerían múltiples orificios suplementarios, puntos de conjunción sexual con el público nacidos de la tortuosa tecnología del automóvil”[39]. Estos nuevos órganos sexuales se abren en el cuerpo para consagrar la unión indisoluble entre cuerpo y máquina, manifestando “… las posibilidades de una sexualidad totalmente nueva”[40]. Nuevos orificios que se constituyen en un límite lábil, voluptuoso, siempre deseoso de ser traspasado. “Para Lacan, la función erótica está relacionada directamente por la función de corte o borde, y por dicha razón, los orificios básicos del cuerpo son los más erotizados, pues crean una frontera significante entre el adentro y el afuera, entre el sujeto y el Otro (Lacan, 1995).”[41] El Otro, en este caso, es la máquina que se sitúa siempre en los bordes del cuerpo[42]. En el intercambio que se produce al desdibujarse las fronteras, emerge la máquina humanizada[43] y lo humano tecnologizado[44], dando lugar a una corriente de tierna empatía. Ballard nos revela sus sentimientos hacia el auto de Vaughan: “Una calma profunda me invadió el cuerpo y que era en parte mi amor por Vaughan, y en parte la ternura que yo sentía por este recinto metálico en que estábamos sentados”[45].
f) Eros y Tánatos
En Crash la cópula máquina-humano da lugar a las “… nupcias entre el sexo y la tecnología…”[46]; las relaciones sexuales sólo tienen lugar en automóviles, “… como si solo el coche pudiera provocar el elemento que daba sentido al acto sexual”[47]. El cuerpo solo es deseable cuando está en conexión con la tecnología[48]. Esta tecno-sexualidad alcanza su clímax en los accidentes de autos, lugar dónde se confunden órganos, miembros y partes del cuerpo con las piezas cromadas, metálicas y vinílicas de los automóviles. Ballard nos relata el accidente de una conductora de televisión: “Imagine el choque en cámara lenta (…) Imagine a la mujer embistiendo el tablero, doblando la columna de dirección bajo el tórax de pechos pesados; las manos delgadas, (…) eludían los bordes afilados de los mandos y el cenicero; la cara ensimismada, (…) golpeaba el borde superior del volante; (…) Todos los espectadores (…) se llevarían una misma imagen de esta metamorfosis violenta: el complejo de heridas que fusionaba la sexualidad de esta mujer con la dura tecnología del automóvil”[49]. Los personajes de Crash prisioneros de sus instintos y librados de sus sentimientos caen en la práctica de una sexualidad nihilista, perversa y violenta, transformándose sus cuerpos en el lecho nupcial que cobijará a los opuestos Eros y Tánatos[50], el “… matrimonio de la violencia y el deseo”[51]. En Crash, es en los accidentes dónde la unión dimórfica automóvil-humano encuentra la vía regía de su realización, y la perfección de esta amalgama sólo puede lograrse mediante el sacrificio ritual en el altar de la tecnología. Ese es el objetivo y la obsesión de Vaughan, morir en un accidente de coches para fundirse de una vez y para siempre en la máquina-automóvil.
g) El cuerpo nuevo: una aleación de carne y metal
“Vaughan murió ayer en el último choque”[52] nos anuncia Ballard en el comienzo de la narración. Luego remonta en la historia para contarnos la “pasión” de Vaughan en su calvario tecnológico, y paralelamente su propio camino de iniciación en los “misterios” de los accidentes automovilísticos. Ballard comienza su vía iniciática con el accidente que sufre al inicio del relato: “El accidente había sido la única experiencia auténtica de los últimos años”[53]. Luego traba relación con Vaughan, con quien se identifica progresivamente a lo largo de la novela. Éste es una especie de mistagogo, un iniciador en los “misterios” de la violenta cópula entre el automóvil y el cuerpo humano; y Ballard se convierte en su discípulo. “Vaughan estaba detrás de mí, como un maestro de escuela dispuesto a ayudar a un discípulo promisorio”[54]. Vaughan es el profeta del “cuerpo nuevo”, gestado con sangre, semen, líquido refrigerante y metal; y en el sacrificio que va a celebrar con su propio cuerpo en el altar de la tecnología, configura el modelo que debe seguir su adepto. Cuando Vaughan concreta su sacrificio en un planificado accidente con el auto de Ballard, la policía lo confunde con él: “… el cuerpo de Vaughan estaba tan desfigurado a causa del impacto (…) que al principio la policía lo confundió conmigo”[55]. El deceso de Vaughan y esta confusión de identidades son índices del final del proceso de iniciación de Ballard; que, como el neófito en los ritos iniciáticos, debe morir para alcanzar una nueva identidad. Ballard muere simbólicamente con Vaughan, y se reconstituye en una nueva individualidad al asimilar a Vaughan e internalizarlo como una proyección de su psiquis. “Yo estaba cada vez más convencido de que Vaughan era una proyección de mis propias fantasías y obsesiones…”[56]. Ballard comprende que para fundirse plenamente con su mentor debe emular su sacrifico e inmolarse en el ara de los choques de autos: “Supe entonces que yo estaba preparando los materiales de mi propia muerte automovilística”[57]. Y así, en su futura muerte se fusionará plenamente con Vaughan, y con los hierros cromados y retorcidos de la máquina-automóvil, con la esperanza de resucitar en un cuerpo nuevo hecho de una aleación de carne y metal. “Supe que Vaughan en realidad nunca podía morir en un accidente, pues de algún modo renacería de las rejas retorcidas del radiador y la cascada de vidrio del parabrisas”[58].
5. BIOGRAFÍA DE J. G. BALLARD
J. G. Ballard nace en Shangái, el 18 de noviembre de 1930. Y fallece el 19 de abril de 2009, víctima de un cáncer de próstata. Durante la segunda guerra mundial fue encerrado junto con su familia en un campo de concentración japonés. Las vivencias de este período fueron narradas en su novela “El imperio del sol”[59]. Luego de la guerra se afinca con su familia en Gran Bretaña, en la ciudad de Shepperton (escenario de Crash). Comienza estudios de medicina pero luego de dos años los abandona. Trabaja como redactor en un periódico especializado y luego se incorpora como piloto en la fuerza aérea inglesa y lo destinan a Canadá. Más tarde trabaja como adjunto a la dirección de una revista científica. Y por fin a mediados de la década del 50 comienza a publicar sus cuentos, dedicándose por completo a la literatura. En los años 60 se convierte en uno de los autores de referencia de la llamada “Nueva Ola”, un movimiento de vanguardia que arriba a la escena literaria para sacudir la modorra de la ciencia ficción, un género que se estaba anquilosando en los relatos de viajes espaciales[60]. Dentro de esta corriente también encontramos a Aldiss, Brunner, Philip K. Dick y Burroughs entre otros.
6. BIBLIOGRAFÍA
- Ballard, James Graham
“Crash”, Editorial Minotauro, Buenos Aires, 1984.
“Credo”, Revista “El Péndulo”, Buenos Aires, 1984.
“Milagros de vida”, Editorial Mondadori, Barcelona, 2008.
“Notas de ninguna parte”, Revista El Péndulo N° 1, Buenos Aires, 1981. Entrevista a J. G. Ballard en “Magazine Littéraire” número 87. Francia, abril de 1974.
J. G. Ballard citado en: “Revista Instituto de Arte Americano e investigaciones estéticas”, N° 105. “Arte, cuerpo, identidad en el contexto urbano”. UBA, Buenos Aires. Edición digital: http://www.iaa.fadu.uba.ar/publicaciones/critica/0105.pdf.
- Capanna, Pablo
“El sentido de la ciencia-ficción”, Editorial Columba, Buenos Aires, 1966.
“J. G. Ballard: El tiempo desolado”. Editorial Almagesto, Bs. As., 1993.
“Las máquinas…”, Suplemento Futuro de Pagina 12, Buenos Aires, 2 de febrero de 2008.
- Ferrer, Christian y Kozak, Claudia
“Ballard: Una autopista al futuro interior”, Revista Artefacto Nº 4, 2001.
- Fernández Parmo, Guido
“J. G. Ballard: La sociedad burguesa entre la utopía y el apocalipsis”, Ed. Digital: http://es.scribd.com/doc/55980903/J-G-Ballard-la-sociedad-burguesa-entre-la-utopia-y-el-apocalipsis
- Freud, Sigmund
“El malestar en la cultura”, Edición digital: http://www.librodot.com
- Gandolfo, Elvio E.
“James Graham Ballard. Una vida sacudiendo las jaulas de los demás”, Suplemento Cultura del Diario Perfil, Buenos Aires, 19 de octubre de 2008.
- Rojo, Pepe
“Tócame, estoy enfermo”. Revista digital El Replicante, Octubre de 2011. http://revistareplicante.com/wp-content/uploads/2011/10/T%C3%B3came-estoy-enfermo.pdf
- Sadoul, Jacques
“Historia de la ciencia-ficción moderna (1911-1971)”, Plaza & Janes, S. A. Editores, Barcelona, 1975.
- Vásquez Rocca, Adolfo
“Las metáforas del cuerpo en la filosofía de Jean-Luc Nancy; nueva carne, cuerpo sin órganos y escatología de la enfermedad”. Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2008.
- Virilio, Paul
“Estética de la desaparición”, Editorial Anagrama, Barcelona, 1998.
“El Cibermundo, la política de lo peor”, entrevista con Philippe Petit. Ediciones Cátedra, Madrid, 1997.
- Volnovich, Yamila
“Crash: topología de la velocidad”, Edición digital.
[1] Nouvelles Littéraires ll/X/1962, entrevista a Barjavel, Rene (citado por Pablo Capanna en “El sentido de la ciencia-ficción”, Editorial Columba, Buenos Aires, 1966.).
[2] “Milagros de vida”, J. G. Ballard. Editorial Mondadori, Barcelona, 2008.
[3] “Crash”, Prólogo, pág. 8-9.
[4] “Crash”, Prólogo, pág. 9.
[5] “Vivimos en un mundo casi infantil dónde todo deseo, cualquier posibilidad, trátese de estilos de vida, viajes, identidades sexuales, puede ser satisfecho enseguida”. Crash, Prólogo, pág. 11.
[6] “Crash”, Prólogo, pág. 8.
[7] “Milagros de vida”, J. G. Ballard. Editorial Mondadori, Barcelona, 2008.
[8] “Crash”, Prólogo, pág. 11.
[9] “Hasta el momento, la idea que la ciencia ficción ha tenido del espacio exterior se parece a la imagen que un pez tiene de la vida en la tierra, imaginándola como una pecera”. “Notas de ninguna parte”, J. G. Ballard. Revista El Péndulo N° 1, Buenos Aires, 1981.
[10] “Creía firmemente, y lo sigo creyendo, que los psicoanalistas y los surrealistas eran la llave para alcanzar la verdad sobre la existencia y la personalidad humana, y también una llave para conocerme a mí mismo”. “Milagros de vida”, J. G. Ballard. Editorial Mondadori, Barcelona, 2008.
[11] “SF Symposium/SF Simpósio”, Discurso de J. G. Ballard. Ed. José Sanz, Río de Janeiro, 1969. Citado por Pablo Capanna en: “J. G. Ballard: El tiempo desolado”. Editorial Almagesto, Bs. As., 1993.
[12] “Ballard: Una autopista al futuro interior”, Christian Ferrer y Claudia Kozak. Revista Artefacto Nº 4, 2001.
[13] “Crash”, Prólogo, pág. 12.
[14] “Crash”, Prólogo, pág. 13.
[15] “Crash”, capítulo 3, pág. 39.
[16] “Crash”, capítulo 6, pág. 78.
[17] “J. G. Ballard: El tiempo desolado”, Pablo Capanna. Editorial Almagesto. Buenos Aires, 1993.
[18] “Crash”, capítulo 21, pág. 218.
[19] “Crash”, capítulo 1, pág. 15.
[20] “Crash”, capítulo 24, pág. 250.
[21] “Crash”, capítulo 1, pág. 15.
[22] El término fue acuñado a finales del siglo XIX por John Stuart Mill, quien también empleaba el sinónimo creado por Bentham “cacotopía”, al mismo tiempo. Ambas palabras se basaron en el término “utopía” acuñada por Tomás Moro, deriva del griego: οὐ (“no”) y τόπος (“lugar”) y significa “ningún lugar” o “lugar que no existe”, normalmente descrito en términos de una sociedad perfecta o ideal. De ahí, entonces, se deriva “distopía” como una “utopía negativa” donde la realidad presente transcurre en términos antitéticos a los de una sociedad ideal.
[23] Casi no existen referencias a las viviendas o a algún otro tipo de arquitectura significativa para el hombre y la ciudad, incluso cuando se nombra alguna avenida o paseo arbolado éste se encuentra desierto, poniendo en evidencia hasta qué punto la ciudad no es más un espacio de encuentro sino un flujo continuo y errático.
[24] “J. G. Ballard: La sociedad burguesa entre la utopía y el apocalipsis”, Guido Fernández Parmo. Ed. Digital: http://es.scribd.com/doc/55980903/J-G-Ballard-la-sociedad-burguesa-entre-la-utopia-y-el-apocalipsis
[25] “El voyeurismo, la insatisfacción, la puerilidad de nuestros sueños y aspiraciones, todas estas enfermedades de la psique han culminado ahora en la víctima más aterradora de nuestra época: la muerte de afecto”. “Crash”, Prólogo, Pág. 7.
[26] “Crash”, capítulo 13, pág. 148.
[27] “Crash”, Prólogo, pág. 7.
[28] “J. G. Ballard: La sociedad burguesa entre la utopía y el apocalipsis”, Guido Fernández Parmo. Ed. Digital: http://es.scribd.com/doc/55980903/J-G-Ballard-la-sociedad-burguesa-entre-la-utopia-y-el-apocalipsis
[29] “Crash”, capítulo 23, pág. 236.
[30] “La máquina, porque ha sido puesta en el mundo, ya no participa de la ausencia: marcha y, sin embargo, en el instante de la marcha deja de formar parte de lo que llega, se ha quedado atrás, de ahí la necesidad de batir marcas de velocidad: lo que aproximará la máquina técnica de un imaginario sin fin será el récord, puesto que nadie conoce los límites de las altas velocidades”. “Estética de la desaparición”, Paul Virilio, Editorial Anagrama, Barcelona, 1998.
[31] “La ciencia y la tecnología se multiplican a nuestro alrededor. Cada vez más son ellas las que nos dictan el lenguaje en que pensamos y hablamos. Utilizamos ese lenguaje o enmudecemos”. “Crash”, Prólogo, pág. 10.
[32] “Crash”, capítulo 21, pág. 222.
[33] “El tiempo mundial y el presente único, que reemplazan al pasado y al futuro, están ligados a una velocidad límite…” “El Cibermundo, la política de lo peor”, Paul Virilio. Entrevista con Philippe Petit. Ediciones Cátedra, Madrid, 1997.
[34] “Crash”, Prólogo, pág. 11.
[35] “Crash”, Prólogo, pág. 10.
[36] “La técnica coloniza el cuerpo del hombre como ha colonizado el cuerpo de la Tierra. Las autopistas, las vías férreas, las líneas aéreas han colonizado, organizándolo, el cuerpo territorial. Hoy en día, el amenazado por la colonización de las micro máquinas es el cuerpo animal.” “El Cibermundo, la política de lo peor”, Paul Virilio. Entrevista con Philippe Petit. Ediciones Cátedra, Madrid, 1997.
[37] “Crash”, capítulo 18, pág. 188.
[38] “Las metáforas del cuerpo en la filosofía de Jean-Luc Nancy; nueva carne, cuerpo sin órganos y escatología de la enfermedad”. Adolfo Vásquez Rocca, Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2008.
[39] “Crash”, capítulo 19, pág. 203.
[40] “Crash”, capítulo 10, pág. 120.
[41] “Tócame, estoy enfermo”. Pepe Rojo, Revista El Replicante, Octubre de 2011.
[42] En la actualidad la miniaturización de la tecnología produce toda una serie de dispositivos: iPods, tablet, laptops, celulares, play station, y también las prótesis de todo tipo o los marcapasos, que son una viva demostración de esta endocolonización erotizada que la tecnología ejerce sobre lo humano.
[43] “… el ruido de la máquina era como un grito dolor”. “Crash”, capítulo 23, pág. 244.
[44] “Me pareció estar viendo a dos seres humanos semimetálicos, de un remoto futuro, que hacían el amor en una bóveda cromada” “Crash”, Cap. 17, pág. 183 y 184.
[45] “Crash”, capítulo 21, pág. 227.
[46] “Crash”, capítulo 15, pág. 13.
[47] “Crash”, capítulo 13, pág. 139.
[48] “Creo que la sexualidad orgánica, cuerpo con cuerpo, piel con piel se está haciendo impracticable, simplemente parece que nada puede tener sentido para nosotros fuera de los valores y de las experiencias del paisaje mediático”. J. G. Ballard. Citado en “Revista Instituto de Arte Americano e investigaciones estéticas”, N° 105. “Arte, cuerpo, identidad en el contexto urbano”. UBA, Buenos Aires. Edición digital: http://www.iaa.fadu.uba.ar/publicaciones/critica/0105.pdf.
[49] “Crash”, capítulo. 20, pág. 212 y 213
[50] “De tal manera, el propio instinto de muerte sería puesto al servicio del Eros, pues el ser vivo destruiría algo exterior, animado o inanimado, en lugar de destruirse a sí mismo. Por el contrario, al cesar esta agresión contra el exterior tendría que aumentar por fuerza la autodestrucción, proceso que de todos modos actúa constantemente.” “El malestar en la cultura”, Sigmund Freud. Edición digital: http://www.librodot.com
[51] “Crash”, capítulo 17, pág. 177
[52] “Crash”, capítulo 1, pág. 15
[53] “Crash”, capítulo 4, pág. 51
[54] “Crash”, capítulo 10, pág. 120
[55] “Crash”, capítulo 24, pág. 245
[56] “Crash”, capítulo 24, pág. 245
[57] “Crash”, capítulo 24, pág. 250
[58] “Crash”, capítulo 23, pág. 232
[59] “El imperio del sol”, novela publicada en 1984.
[60] “… la idea que la ciencia ficción ha tenido del espacio exterior se parece a la imagen que un pez tiene de la vida en la tierra, imaginándola como una pecera”. “Notas de ninguna parte”, J. G. Ballard. Revista El Péndulo N° 1, Buenos Aires, 1981.




















El peronismo irrumpe en la historia argentina como un aluvión irrefrenable cimentado en una férrea comunión entre el pueblo trabajador y su líder, el general Juan Domingo Perón y la abanderada de los humildes, Evita. Gatica, en el relato de Favio, se constituye como el paradigma de esa unidad: “Si yo nunca me metí. Yo siempre fui peronista.” dice, respondiendo a la preocupación del Ruso -su amigo incondicional- frente a los fusilamientos de los resistentes peronistas en junio del 56´. La película de Favio se inicia con un prólogo que muestra la llegada de la familia Gatica a Buenos Aires y luego a un joven Gatica en sus inicios boxísticos; seguidamente el relato, como un tejido en manos de un diestro hacedor, se entrama con un contrapunto entre la historia del peronismo, su ascenso y su caída, y el derrotero de Gatica, que concluye con su patética muerte como un reflejo especular del drama peronista y del desamparo desolador que sufre el pueblo trabajador ante la ausencia forzada de su líder. Como todo tejido, el entramado que lo compone está formado por una hebra horizontal y otra vertical. La historia de Gatica es el hilo horizontal mientras que lo vertical, encarnado por Perón y Evita, irrumpe en la existencia de nuestro agonista marcando los momentos trascendentes de su vida [1]. En uno de esos encuentros, Perón lo saluda luego de la victoria sobre el rosarino Prada, su clásico adversario, y Gatica lanza su famosa frase: “Como ruge la leonera general. Somos los más grandes. Dos potencias se saludan”.
soberano y militar a un mismo tiempo de Perón, junto al halo místico que envuelve a la figura de Evita, y a la permeabilidad en los discursos políticos y en las acciones de gobierno de los lineamientos fundamentales de la doctrina social de la iglesia. Si estás tres funciones jerárquicas guardan cada una su competencia, la tríada convive en armonía. Pero cuando alguna de estas funciones entra en crisis, por alguna inestabilidad interna o por el avasallamiento de una o de las dos funciones restantes, el equilibrio de la tríada se resiente. Así, por ejemplo, la imagen de un héroe solitario, vengador, enfrentado a la sociedad y al poder, por demás común en la modernidad, está abonada por la pérdida de cohesión entre las funciones que estructuran la sociedad. En cine, un modelo ejemplar de esta desarticulación en las funciones tradicionales podemos encontrarlo en “Taxi Driver” (Martín Scorsese). Travis Bickle, una suerte de imagen especular del Willard de “Apocalipsis Now” (Francis Ford Coppola), es un héroe de Vietnam que luego de la guerra regresó a su país, siendo abandonado a su suerte y olvidado por los suyos (por las otras funciones: la detentadora del poder y la colectividad, siguiendo a Dumezil). El saber conquistado por Travis en su periplo a la guerra, es un saber despreciado; un saber que no puede ser transmitido, invalidando una de las funciones del heroe [3]. Volviendo a la película de Favio, luego del golpe militar del 55´se perturba el equilibrio entre las tres funciones, perdiéndose la cohesión entre ellas. Después de la quema del retrato de Perón y Evita, y de la escena en la cual desalojan a Gatica del ring con la fuerza pública, quien a voz en cuello y a puro corazón desgarrado grita: “No señor. A mí se me respeta. Viva Perón, carajo” [4], no hay ninguna alusión a la vida política del país desde el 56´ hasta el 63´, año de la muerte de Gatica. Esta marcada omisión es producto de la desconexión entre las funciones que constituyen el nuevo universo social argentino. En ese período, la primera y la segunda jerarquías de la tríada integrada por los
grupos que se levantaron contra Perón (los militares golpistas, sectores reaccionarios de la iglesia católica, la oligarquía, los partidos políticos que no entendieron el fenómeno peronista, y aquellos que si lo entendieron y lo consideraban su enemigo) están totalmente desvinculados y son hostiles a la tercera función de la tríada, el pueblo trabajador peronista. El hilo vertical al que antes hacíamos alusión, en la figura del tejido, con la irrupción de Perón y Evita (lo vertical) en el mundo de Gatica (el pueblo-lo horizontal) fue cercenado. Solo queda la frágil hebra horizontal con la cual no se puede construir ningún tejido, ningún entramado. Así, Gatica sin conexión con lo vertical queda prisionero de la horizontalidad, sumido en la ignominia y la indigencia. Situación extrema que metaforiza el padecer de todo el pueblo peronista. Este cercenamiento de lo vertical hace que la muerte de Gatica, atropellado por un colectivo, sea de un patetismo absurdo. Y cuanto más patética es la muerte de Gatica más trágico es el golpe militar del 55´, origen del drama peronista, al quebrar por la fuerza el vínculo amoroso entre Perón y su pueblo.
El mundo de Aniceto gira en torno a su gallo de riña Blanquito y las mujeres, Francisca al inicio y Lucía al promediar el relato. Francisca a quien Aniceto llama “santita” es un ser diurno. La mayor parte del tiempo la vemos de día cumpliendo con su trabajo de mucama, prendiendo velas a una santa, paseando por un parque con Aniceto, haciendo sus quehaceres domésticos y cuidando de Blanquito y de su hombre como una madre protectora. Solo la vemos de noche cuando, intranquila porque presiente el acecho del fantasma de la infidelidad, espera en el silencio de la pieza el regreso de Aniceto; y cuando truncado ya el amor lo abandona alejándose por una oscura callejuela de tierra, tragada por la noche. Lucía, que para Aniceto es su “putita”, es un ser noctámbulo. Aniceto va a su encuentro en el club social del pueblo (la Cieneguita) dónde Lucía concurre a los bailes de los sábados por la noche y más tarde la vemos discutir con Aniceto en la calle, también con la noche como
marco. Solo irrumpe durante el día cuando va a buscar agua a la bomba de la barriada. En ese lugar coincide primero con Aniceto y más tarde con Francisca en el único encuentro que tienen las dos mujeres. Convergiendo por un instante, al amanecer -frontera del día y la noche-, lo diurno (Francisca) y lo nocturno (Lucía). Lucía es una mujer independiente, mira de igual a igual al hombre y es señora de sí misma: “¿Qué…? Últimamente soy dueña ¿no?” le dice a Aniceto cuando se niega a ir a vivir con él. En ella podemos ver la función del arquetipo de la mujer fatal. En su obra “La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica”, Mario Praz desvela la genealogía de la mujer fatal en la literatura romántica descubriendo en Lilith, la diosa mesopotámica, uno de los antepasados de dicho arquetipo[1]. En los Midrash de la tradición rabínica, Lilith fue creada de polvo como Adán y abandona el paraíso porque no quería estar sujeta al dominio del hombre[2]. Lilith procede del hebreo Lil, que significa noche, y la traducción de Lilith es nocturna, oscura, ausente de luz. Lucía significa luz, pero podemos asociarlo a lo oscuro si lo relacionamos con el nombre del ángel más bello Lucifer[3], con quien comparte la misma raíz -lux-, y significa “él que porta la luz”. Éste ángel al juzgar que la belleza que ostentaba no era reflejo de la fuente divina sino que le era propia, cae fatalmente por soberbia en el abismo de las tinieblas. La corrupción de lo mejor es lo peor y así el ángel de luz se convierte en el ángel de la oscuridad[4].
Dijimos que Aniceto se debate entre dos mujeres, la diurna y la nocturna. Esta batalla tiene su correlato simbólico en la riña de gallos. La pelea del gallo blanco de Aniceto contra un gallo negro, es índice del combate entre la luz y las tinieblas, batalla que se cifra en el alma de Aniceto. El gallo como figura simbólica también aparece representado en un cuadro que posee Francisca y que ella cuelga en una de las paredes de la pieza cuando oficia de “ama de casa” y que arrastra consigo cuando deja a Aniceto. En el centro del cuadro se despliega la sábana santa con la faz de Cristo sostenida por dos ángeles, desde la línea de tierra dos columnas se yerguen hasta el borde inferior de la sábana santa y dos gallos están posados sobre los capiteles de cada una de las columnas; y en el extremo inferior del cuadro yace una impasible calavera. El sentido más evidente que emerge de este ícono es el señorío de
Cristo sobre la muerte (la calavera); y los gallos, cuya función es agorar el nuevo día, la nueva luz, anuncian el triunfo de Cristo (el día – la luz) sobre la muerte (la noche – las tinieblas). Antes habíamos relacionado a Francisca y a Lucía con “lo diurno” y “lo nocturno”, y el único encuentro entre ellas se produce durante el amanecer, frontera entre el día y la noche, límite que es anunciado por el canto del gallo. Recordemos que en esta escena se le revela a Francisca la infidelidad de Aniceto, al descubrir el anillo que lleva Lucía y ésta al verse desenmascarada se retira enfurecida. La luz del día vence las tinieblas de la noche, y Francisca obtiene la revelación de la infidelidad de Aniceto con las primeras luces del alba, cuando la noche va quedando atrás. En el cuadro de Francisca se anuncia la prevalencia de la luz sobre las tinieblas. Cuando ésta se lleva el icono de la sábana santa junto con un cuadrito de la Virgen, el único cuadro que sobrevive a la partida de Francisca es el retrato de un perro; índice éste de la asimilación de Aniceto a “lo animal” desde el momento que pierde a su “santita”. Ahora, Aniceto se abisma en la vida nocturna cautivado por las artes seductoras de Lucía. El cuadro de Francisca alude a un orden jerárquico -vertical- de lo luminoso por sobre lo tenebroso, orden que se invierte para Aniceto cuando Francisca lo abandona y se lleva el cuadro con ella. Cuando vivía con Aniceto, Francisca cuidaba de Blanquito estableciéndose entre éstos, en un plano simbólico, una relación afín y complementaria[8]. El
gallo simbólicamente es un ser luminoso porque anuncia la llegada del sol (Cristo) y Francisca es un ser diáfano porque su vida se desarrolla durante la luz del día, y la noche se le revela como el tiempo de la espera angustiosa, la incertidumbre y la conclusión del amor. Por el contrario la relación entre Lucía y el gallo es de oposición, porque aquella se asimila a lo nocturno, lo oscuro y el gallo pregona su final. Aniceto, cegado por el deseo hacia Lucía (lo nocturno), puede prescindir del gallo (lo luminoso). Y así, en la noche sin fin, Aniceto traiciona a Blanquito y lo vende por unos pocos pesos; para, con ese dinero, reconquistar a la mujer fatal. Ante la imposibilidad de recuperar a Lucía, Aniceto repara en el error que cometió al vender a su gallo y al advertir que el futuro de su compañero es la muerte decide rescatarlo. Aniceto escucha el canto de Blanquito vaticinando la partida de la noche y la llegada del amanecer, este canto le inspira valor e ingresa furtivamente al gallinero. El nuevo dueño de Blanquito lo descubre y le dispara con un arma de fuego. Aniceto muere abrazado a su gallo, mientras el sol comienza a nacer y la luz del nuevo día lo cubre de una diáfana claridad, reafirmando el poder de luz sobre las tinieblas y rectificando, in extremis, el orden invertido.
La primera imagen delata el dispositivo fílmico. Un plano general del frente de la casa de Georges y Anne Laurent que se dilata en el tiempo da comienzo a Caché (escondido). La imagen se acelera hacia adelante y hacia atrás, revelándonos que estamos ante la proyección de un video casero que manos anónimas dejaron en la casa de los Laurent con el objetivo de hacerles saber que están siendo observados (filmados). La cinta está acompañada con un dibujo, que parece hecho por manos infantiles, de un chico con sangre en la boca. Este dibujo, como un fotograma de una película extraviada en las estanterías de una videoteca como la existente en la casa de Georges y Anne, despierta la memoria escurridiza de Georges. Cuando apenas contaba con seis años sus padres tenían la intención de adoptar a Majid un chico de origen argelino que perdió a sus padres cuando manifestaban en Paris apoyando la liberación de Argelia, pero a instancias de las mentiras que Georges esparce sobre aquel lo enviaron a un hogar para chicos huérfanos, evitando de esta manera la adopción y el tener que compartir a sus padres. El mecanismo que realiza la memoria de Georges de ocultar los momentos desagradables, seleccionando aquello que se quiere recordar de aquello que no, es asimilable a la artificiosidad del montaje cinematográfico, procedimiento en donde se selecciona lo que se quiere y lo que no se quiere “ver-mostrar”. Este mecanismo es la manera de operar de Georges, quien todo el tiempo intenta evadirse de sus malos recuerdos. Cuando Georges visita a su madre le pregunta si recuerda a Majid y ésta le contesta con una pregunta: ¿Quién es Majid? La madre agrega luego: “Fue hace mucho tiempo y no es un recuerdo grato”. Tanto Georges como su madre, que utiliza el mismo procedimiento que su hijo, intentaron eliminar de su memoria el recuerdo de Majid. Más adelante Georges, que es conductor y comentarista literario en un programa de televisión, está en la sala de edición indicándole al editor cómo debe realizar el montaje del programa, cortando un plano de un invitado que se vuelve demasiado “teórico” y mostrando en cambio el plano de una bella mujer. Simétricamente, en una escena precedente, la madre le dice: “Tengo a mi familia… con el control remoto cuando me desesperan los apago”, haciendo referencia al programa de televisión de su hijo y desvelando el dispositivo ver-no ver, mostrar-no mostrar del montaje-memoria. Más adelante Majid convoca a Georges para que sea testigo de su suicidio y luego lo vemos a éste salir de un cine, continuando así con su operación de ocultamiento tratando de evadirse de lo sucedido encubriendo las imágenes de la muerte de Majid con las imágenes de alguna película ocasional. Más tarde con posterioridad al enfrentamiento con el hijo de Majid, en dónde llega a decir: “No tengo nada que esconder”, como una declaración de principios evidentemente falsa, Georges toma barbitúricos y se va a dormir, sumergiéndose en un sueño-fundido a negro, pero no puede evadirse del sueño-flashback que hace emerger aquel recuerdo que estaba oculto y ahora fue liberado, el momento en que se llevan a Majid al orfanato. El significado de la palabra Caché es escondido, oculto. Y este recuerdo de Georges, oculto, escondido en su memoria es desvelado por esas imágenes anónimas que desarticulan su mecanismo memoria-montaje, poniendo en crisis todo su mundo.
Cuando concluye Caché estamos tentados a pensarla en términos de género y podríamos interpretar que el enigma que se plantea al comienzo de la película, “¿quién está filmando la casa de Georges y Anne?”, no tiene una resolución efectiva porque el protagonista no sufre transformación alguna a lo largo del relato; renunciando así, el film, a su herencia genérica. Esta interpretación es posible en el nivel de la historia. Pero en un nivel simbólico el último plano del film que nos muestra a Pierrot, el hijo de Georges, y al hijo de Majid hablando en la explanada del colegio del primero, es simétrico al primer plano de la película. Ambos planos ponen en juego el aparato fílmico y guardan una misma identidad compositiva, se tratan de planos secuencias, generales, fijos, dilatados en el tiempo y que no buscan encuadrar personas, están ahí para dar testimonio del transcurrir. Testigos del tiempo, de nuestro tiempo. Dentro de la diégesis los posibles “autores” de las imágenes en cuestión son Majid, el hijo de Majid y podríamos agregar a Pierrot. Pero ante la evidencia de este último plano, en donde vemos al hijo de Majid y a Pierrot en cuadro, descartamos a estos dos de la autoría de las imágenes por que “alguien” más los está filmando y Majid tampoco podría ser el autor de las mismas porque a esta altura del film está muerto. Entonces ¿quien es ese “alguien” que filma? Trasponiendo el límite de la representación el cine como artefacto se materializa dentro de la diégesis, el dispositivo fílmico osa decir su nombre e irrumpe en la vida de Georges y su familia con imágenes perturbadoras que no tienen una génesis verificable, por lo menos en el mundo diegético. Imágenes que invaden la intimidad de la familia Laurent poniendo en crisis su endeble equilibrio y constituyéndose como un flujo de memoria pura, liberador de los recuerdos ocultos de Georges. Estas imágenes como dijimos están construidas como planos secuencias sin cortes, es decir sin montar, en oposición al mecanismo que utiliza Georges con su memoria que hemos asimilado analógicamente al montaje, recordemos la escena de la sala de edición, eligiendo aquello que se quiere de aquello que no se quiere recordar-ver-mostrar. Caché se presenta como una crítica virulenta contra la sociedad contemporánea occidental haciendo foco en la familia Laurent, paradigma de la familia burguesa. Y también como una crítica contra el flujo de imágenes descontrolas y sin sentido que asaltan al mundo contemporáneo, no es casualidad que Georges sea presentador de un programa de televisión. Esta crítica a las imágenes no excluye al cine, ya comentamos la escena en la que Georges sale de una sala cinematográfica luego de presenciar el suicidio de Majid. Si bien el cine es parte del problema también puede ser el disparador para cuestionar el estado de las cosas, al fin y al cabo son las imágenes del dispositivo fílmico que se materializan dentro de la diégesis en Caché las que ponen en crisis el mundo representado.
La escritura de un libro es el disparador de “La otra mujer”. Palabras que deben emerger de la muda oscuridad y tomar forma para poblar las hojas en blanco de un libro que debe ver la luz. La profesora en filosofía Marion Post alquiló una oficina para apartarse y dedicarse de lleno a la escritura. La etimología de la palabra libro puede ayudarnos a encontrar una posible interpretación del film de Allen. Libro proviene del latín “liber” y su significado es “parte interior de la corteza de las plantas” [1]. En el film se va a poner en juego la interioridad de Marion, quien se aparta de su cotidianidad, se recluye en un “otro” espacio para escribir. Un lugar dónde va a confrontarse a sí misma. Cita postergada por años y facilitada por las voces que emergen de un ducto de ventilación, provenientes de un departamento contiguo; dónde un psiquiatra escucha a sus pacientes. Marion presta especial atención a la voz de una joven mujer, Hope (Esperanza). Las palabras de Hope van a escabullirse de su ámbito natural, el consultorio, y llegarán hasta los oídos de Marion atravesando las paredes y su alma ensimismada. Palabras certeras que darán en el blanco y harán replantearle su pasado, su presente y su futuro.




Cuando apresan a El Guasón nos enteramos por el jefe Gordon que la policía no puede rastrear su identidad. Los estudios de sus huellas digitales, su ADN, su dentadura no arrojan ningún dato que desvele su filiación. En la diégesis, El Guasón es un criminal sin identidad, sin existencia verificable, pero podemos trazar una genealogía simbólica de la construcción del personaje. El Guasón tiene la cara pintarrajeada grotescamente y se viste como un bufón con colores llamativos. El nombre por el cual se lo conoce (The Joker) hace referencia al comodín del mazo de cartas de póker. Y esta baraja es la que deja como firma de sus crímenes. El comodín es descendient
e directo del arcano mayor El Loco, una de las barajas del tarot. Las barajas españolas como las de póker tienen una estirpe que se pierde en la noche de los tiempos. Sus antepasados son los antiguos 56 arcanos menores, que junto a los 22 arcanos mayores forman el mazo de las cartas de tarot[1]. Hay una única carta que participa de ambos arcanos: El Loco. Como su descendiente el comodín, El Loco es un bufón vestido con ropas coloridas, está acompañado por un perro y lleva un bastón y una bolsa remarcando así su condición errante. A esta carta no le corresponde número alguno y puede estar al comienzo o al final de la serie de arcanos. Este detalle, que no es menor, marca una ambivalencia[2] en la simbología de El Loco, ya que por un lado puede verse como un espíritu ligero sin ataduras y por otro como un espíritu solitario, abandonado, inestable, descuidado y cínico. La condición de bufón conlleva toda una significación muy rica. En la edad Media, El Loco era un personaje atípico, un ser muchas veces deforme, o bien un enano, el bufón de la corte, un trovador sin destino fijo, alguien que generalmente no tenía posesiones, no pertenecía a nadie y de quien se desconocía su origen. La función del bufón en la sociedad medieval era invertir las estructuras establecidas, él era parte de la corte y tenía la prerrogativa de poder burlarse del rey sin recibir castigo alguno, mostrando de una forma no convencional y sin ningún tipo de mascara social, otra realidad y/u otra verdad, de ahí el dicho: “En la boca de los locos se escuchan las verdades”. La máscara que el bufón hace caer tiene su contrapartida en la máscara que debe utilizar. “Dadme una máscara y os daré la verdad” escribió Oscar Wilde. Todos estos atributos de El Loco/bufón, que fuimos desgranando guardan una relación analógica con la figura de El Guasón. La idea de un bufón burlón, sin identidad, inestable, caótico: “Soy un perro corriendo autos no sabría qué hacer si los alcanza”, dice de sí mismo. Otra analogía que podemos hallar en relación a El Loco se nos revela al promediar la película cuando Batman va al encuentro de El Guasón, quien en su guarida está acompañado por tres feroces perros[3] y en la baraja vemos un perro acompañando a El loco. El comodín que deja como firma de sus crímenes, lleva una cola y unos cuernos de diablo y su postura no es vertical, está con las piernas dobladas, pose que lo asemeja a un mono. Y mono es otro de los nombres con el cual se denomina al comodín y también al diablo. La idea de relacionar al bufón con el mono se sustenta en las funciones de imitación que comparten, el primero como burlador de la realeza y el segundo como imitador de los gestos humanos. El Diablo, decían los antiguos, “es el mico de Dios”, el gran imitador. “«Satán es el mico de Dios», y también (quien) «se transfigura en ángel de luz». En el fondo, eso equivale a decir que imita a su manera, alterándolo y falseándolo para hacerlo servir a sus fines siempre, eso mismo a lo que quiere oponerse: así, conseguirá que el desorden tome las apariencias de un falso orden, disimulará la negación de todo principio bajo la afirmación de falsos principios, y así
sucesivamente.”[4] Esta analogía que asimila a El Guasón al diablo esta robustecida con una serie de índices que se despliegan en el film de Nolan. El más evidente es la relación entre El Guasón y el número seis[5]. Al comenzar la película un grupo de enmascarados que se dirigen a robar un banco discuten si el botín será repartido entre cinco o seis personas y revelan que el sexto desconocido integrante de la banda es el cerebro del atraco, el mismísimo Guasón; que también enmascarado les oculta su identidad. Más adelante, y estando en una celda un policía le recrimina que mató a seis de sus compañeros. Y figurativamente se muestra a El Guasón en una imagen de video con un hexágono irregular trazado sobre su rostro, cuando Batman junto con Lucios Fox (Morgan Freeman) están tratando de descubrir su identidad. Y por último, cuando es interrogado por Batman se puede apreciar que el estampado de su camisa está formado por
hexágonos unidos por sus lados. Antes habíamos dicho que la función del bufón en la corte medieval era invertir el orden establecido, a lo largo del film y por boca de El Guasón vamos a escuchar como hace una defensa del caos y del desorden, recriminando a Batman por seguir las reglas. La última vez que vemos a El Guasón está pendiendo de una cuerda cabeza abajo, es decir invertido. Una vez que es vencido se nos muestra en su verdadera postura ya que invertir es su función excluyente. Pero la bendita cámara no se conforma con mostrarnos a El Guasón en su naturaleza invertida. Al girar sobre su eje nos obliga a verlo como si tuviera los pies en la tierra, aún a sabiendas de que está cabeza abajo. Y así, nos impele a re-conocer que nosotros, el mundo actual, también estamos cabeza abajo sumidos en una inversión de sentido. Habíamos remarcado la función que tiene el bufón de decir verdades, aunque a medias o mejor dicho degradadas, pero verdades al fin. Cuando es interrogado por Batman, le escupe en la cara: “Su moral no significa nada, cuando las cosas estén mal, tu gente civilizada se van a comer unos a otros”
En The Dark Knight, El Guasón lleva al paroxismo la función de la serpiente[14] exponiendo a los agonistas a una dualidad extrema. Hacia el final, obliga a decidir a los tripulantes de dos barcos entre sus vidas y las vidas de los tripulantes del otro barco, aquí es cuando El Guasón es vencido, porque aquellos optan por salvar las vidas de los otros. Los tripulantes de ambos barcos deciden no escuchar la voz horizontal de El Guasón/serpiente y sí escuchar esa otra voz que se encuentra en un plano vertical, llamémosla conciencia. Una voz que trasciende la propia existencia, que nos llama a la renuncia, a sacrificarnos por “el otro”[15]. Una voz que nos emplaza a volver al Paraíso, a la Unidad. En uno de los barcos (puede ser cualquiera de los dos porque no se especifica cual es cual) que está abordado por criminales, uno de los prisioneros decide por todo el grupo y arroja por una escotilla el detonador que haría explotar el barco contrario. Este personaje tiene un ojo atrofiado, ve con un solo ojo como símbolo de la superación del esquema de pensamiento binario: “Yo” ó “el Otro”. Es una persona con una visión unívoca, ya no participa de la dualidad, porque en su decisión está implicado “el otro”, no ya como un opuesto, sino como un igual
con el cual se participa de una misma unidad. Es por eso que puede trascender la falsa dicotomía propuesta por El Guasón y romper con esa falsa contradicción. Al escuchar la voz vertical se eleva por sobre la dicotomía horizontal. Si pensamos geométricamente, sería como el trazado de una línea vertical que se eleva equidistante de los dos puntos opuestos conformando un triangulo equilátero, esto es la Unidad que actúa armónicamente en el dualidad realizando así la síntesis de los opuestos. Esta decisión es el fundamento de la derrota de El Guasón, su voz ya no es escuchada. Sintetizando con las palabras de El Guasón “…el auto se detuvo y el perro no supo más que hacer.” Este acto de conexión con un principio trascendente coloca a El Guasón cabeza abajo, mostrando como ya dijimos, su verdadera naturaleza invertida y restaurando así, el orden del Universo (aunque sea por un instante) produciéndose el matrimonio entre la Libertad del hombre y el Espíritu divino. Espíritu y Libertad. Así se llaman los barcos que El Guasón quería oponer, constituyendo una nueva dualidad dicotómica. Dualidad abolida por la unidad de los hombres (opuestos) con Dios.
El Guasón ya derrotado le dice a Batman: “¿Creías que iba a jugarme el destino del alma[16] de la ciudad en una pelea contigo? Necesitas un as en la manga, el mío es Harvey.” Harvey Dent se convierte en Dos Caras después de que Rachel, su novia, muere producto de una trampa de El Guasón, que propone una falsa antinomia a resolver por Batman y la policía, quienes deben salvar la vida de Rachel y/o Dent. Juego que pone a estos dos personajes en los extremos opuestos de una dualidad perversa que tiene como resultado la muerte de uno de los dos. Rachel muere como una heroína aceptando su destino y Dent, que al momento de ser salvado por Batman se quema la mitad del rostro, se transforma en Dos Caras. Harvey Dent era fiscal de Ciudad Gótica, un verdadero héroe civil con principios firmes decidido a combatir a la mafia y al crimen. El Guasón lo llama “el caballero blanco”. Dent lleva consigo una moneda de dos caras idénticas y siempre la arroja al aire para tomar decisiones que evidentemente están resueltas de antemano, ya que la moneda siempre va a mostrar consecuentemente la misma cara. Este juego, esta actitud de Dent, habla de una persona que no se deja seducir por el cálculo y que siempre elige lo que debe elegir: “Yo hago mi suerte”, dice siempre que arroja la moneda. Pero la muerte de Rachel, lo tortura hasta el espanto. Hubiera preferido ser él el que muera. No pudo controlar su suerte y a sus ojos fue un instrumento del azar. La quemazón de la mitad de su rostro es metáfora del estado de su psique. Y paradójicamente la moneda que portaba consigo también se chamuscó una de sus caras, pudiéndose diferenciar ahora en cara y ceca, perdiendo esa unidad indiferenciada de la que participaban ambas caras. A partir de este momento Dos Caras/Dent se va cobrar venganza contra los policías traidores, contra los mafiosos, contra Batman y hasta con los policías buenos por no haber hecho lo necesario para salvar a Rachel. La muerte o la vida de sus antagonistas las va a dejar libradas al azar, a su moneda. Batman le pregunta a El Guasón que hizo con Dent, y este le responde: “Tome al caballero blanco de Gótica y lo rebajé a nuestro nivel. No fue difícil. La locura, como tú sabes, es como la gravedad. Sólo necesitas un empujoncito” Recordemos que el Caos engendró a la primera pareja de contrarios (luz/tinieblas) El Guasón, asimilado al caos, engendró a Dent/Dos Caras, quien quedó prisionero de un sistema binario (vida-muerte) pergeñado por El Guasón. Y para fugar de esa prisión antinómica descansa su decisión en el azar. “La única moralidad en un mundo cruel es el azar (…) imparcial, justo”, le dice a Batman antes de dispararle un tiro. Desilusionado con sus coetáneos y con el mundo, ya no cree en una causalidad de las cosas, sumido en el farragoso lodazal de la casualidad ya no tiene principios que sustenten su accionar. La creencia en el azar, en lo accidental también es una creación de la serpiente, ya que se destierra de plano la creencia de una causa primera de las cosas. El Guasón/Caos crea a Dos Caras/azar, pero él bufón no cree en el azar: “Necesitas un as en la manga, el mío es Harvey.” Le dice a Batman, desvelando su naturaleza caótica pero ordenada a un fin siniestro que no deja librado a la suerte. Antes habíamos citado: El diablo “…conseguirá que el desorden tome las apariencias de un falso orden, disimulará la negación de todo principio bajo la afirmación de falsos principios, y así sucesivamente.”[17]
E
Siguiendo a los alquimistas, la naturaleza humana es dual y para desembarazarse de lo material-corpóreo hay que purificarse en el atanor. El principio que funda este procedimiento alquímico es el de la máxima “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.”[25] La forma de sublimar lo corpóreo es la renuncia y el sacrificio. Y esto nos coloca frente a la cruz. “… la cruz es la antítesis de la serpiente o dragón Ouroboros, que expresa el dinamismo primordial anterior al cosmos (orden). Por esto hay una relación estrecha entre la cruz y la espada, puesto que ambas se esgrimen contra el monstruo primordial.”[26] Ya vimos como El Guasón fue derrotado por la decisión de los ciudadanos comunes a no plegarse al pensamiento binario propuesto por aquel, atendiendo a un principio más elevado aunque ese principio los enfrente a la muerte para salvar la vida del “otro”. La manera de detener, de fijar el eterno devenir impulsado por la serpiente es la cruz. “El centro de la cruz es pues el punto donde se concilian y se resuelven todas las oposiciones; en este punto se establece la síntesis de todos los términos contrarios (…) Este punto central corresponde a lo que el esoterismo islámico designa como la «estación divina», que es «la que reúne los contrastes y las antinomias» (El-maqâmul-ilahî, huwa maqâm ijtimâ ed-diddaîn)[27]; es lo que la tradición extremo oriental, por su parte, llama el «Invariable Medio» (Tchoung-young), que es el lugar del equilibrio perfecto, representado como el centro de la «rueda cósmica», y que es también, al mismo tiempo, el punto donde se refleja la «Actividad del Cielo»[28].”[29] Así las cosas, el destino de nuestro héroe es trágico[30]. Batman debe sacrificarse y aceptar la cruz para fijar de una vez por todas el oscuro y perpetuo devenir dual de la serpiente / El Guasón. Su sacrificio es crístico porque asume como propios los pecados de Dent/Dos Caras, como Cristo asumió los pecados de la humanidad. La herida del disparo que recibe Batman de manos de Dos Caras es en el costado derecho del cuerpo, en el mismo lugar donde Cristo recibió la estocada de la lanza por parte del centurión Longinos[31]. De la herida en el
costado de Cristo manó la sangre que salva al mundo. Herida abierta que consumó el sacrificio del Salvador. Como el disparo de Dent en el costado de Batman consuma el sacrificio de nuestro agonista. The Dark Knigth, “El Caballero oscuro” es nuestra traducción del título de la película de Nolan. En la alquimia… “La primera etapa de la obra «menor», dominada por Saturno, corresponde al «ennegrecimiento», la «putrefacción» y la «mortificación». En el principio de toda realización espiritual está la muerte, una muerte para el mundo (…) Este apartamiento del mundo se experimenta como un oscurecimiento, una nox[32] profunda“[33]. Y Batman ennegrecido por los pecados propios y ajenos está muerto para el mundo. Recordemos el momento en que el jefe Gordon legitima el sacrificio de Batman al romper la lámpara -la luz- que refleja el símbolo de Batman en el cielo. Un Batman oscuro, más negro que el negro. Y aquí podemos encontrar otra analogía con Cristo. En diferentes lugares y tradiciones, un sin número de deidades benéficas eran representadas vestidas de negro, los artistas cristianos del Medioevo retoman esta tradición y figuran a Jesús con ropas negras cuando lucha con el genio del mal. “El negro es el símbolo de todo lo que está mal y de todo aquello que es falso; ¿cómo es posible que se consagrara este color a las divinidades del bien y la verdad? Solo hay una respuesta; las divinidades benéficas descienden al reino de las tinieblas para atraer así a los hombres que se regeneran.”[34] Y en ese descenso tenebroso, la divinidad carga con todas la iniquidades de la humanidad tiñendo de un negro simbólico sus vestidos. La oscuridad a la que hace referencia el título del film y también la vestimenta[35] de Batman no radica en su persona, sino que es un atributo directo de su auto-sacrificio para que la comunidad viva en un orden trascendente y ritual. 


